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Cuento
incompleto ( Cap 3 )
Se
soltó de esa posición en la que habíamos estado
los tres en los últimos minutos dejándonos a los dos
uno frente al otro; cogió la mano que la había estado
acariciando y la llevó hacía mi nuca.
Mientras él empezaba el movimiento que llevaba su boca hacia
mi cara, ella salió de la cama, tal vez para poder contemplar
con mejor vista a dos hombres acariciándose desnudos en la
cama.
Me di cuenta, a pesar de estar ocupado en brazos de mi amante, de
lo que ella estaba haciendo, sacando de su bolso (cuantas cosas caben
en un bolso, ¡y no solo en los cuentos¡) la caja en la
que guardamos a buen recaudo en casa un consolador y un artilugio
especialmente diseñado para preparar la penetración
anal. Del neceser sacó el tubo de lubricante, que aplicó
generosamente (solidaridad femenina, recuerdo de lo que ella pedía
para sí misma cuando habíamos practicado la penetración
anal entre nosotros).
Capté
la mirada de complicidad entre mis dos amantes de esa mañana.
Como si fuera una preparación para una actuación o una
ceremonia ritual, me separó de él, me puso boca arriba,
le pidió a él con un gesto que levantara una de mis
piernas para dejar al descubierto el objetivo que estaba buscando,
separó mis nalgas y empezó a introducírmelo lentamente.
Mientras entraba, fue ella misma la que acercó a mi amante
hacia mi pene para que lo metiera en su boca. No sé cuál
de los tres estaba disfrutando mas en ese instante.
El aparato había entrado totalmente, y gracias a su forma permanecía
dentro sin moverse hacia delante ni atrás, proporcionándome
placer y ayudando a la vez a dilatar el sitio por el que luego él
iba a penetrarme.
Ella me besaba en la boca, mientras él paseaba la suya y su
lengua por mi pubis depilado. Ahora era yo el que estaba yo en medio,
abrazado por delante con ella y sintiendo a lo largo de mi espalda,
culo y muslos otra piel contra la mia.
Él sacó el artilugio y empezó a penetrarme con
el mismo cuidado e incluso ternura que lo hacía otras veces.
Solo que esta vez al placer que los dos sentíamos en esa unión
de los cuerpos, se le unía la presencia no solo cómplice
sino protagonista de otra persona a la que yo tenía (tengo)
unida mi vida.
Como él me estima (no puede decirse amor) y se daba cuenta
de lo especial del momento para mi mujer y yo, se sentía igualmente
conmovido viviendo al mismo tiempo que nosotros y con el mismo carácter
esa escena tan especial. Ahora era yo el penetrado, mientras me abrazaba
y besaba con ella.
No hay palabras para describir la sensación que ello produce.
Después de varios días de esta cita ninguno de los tres
las habíamos encontrado. Ella se apartó un poco para
poder ver mejor lo que estaba sucediendo sobre la cama.
Me confesó después que se había imaginado el
sexo entre hombres como un hecho casi ‘animal’ desprovisto
de ternura y que sorprendió ver que las caricias que él
estaba haciendo sobre mi piel no paraban durante los momentos más
álgidos de la penetración. Siempre era así en
realidad, aunque esta vez la suavidad de mi cuerpo depilado provocaba
la parsimonia del gesto con el que me acariciaba. Mientras me penetraba
y se movía dentro y fuera de mí, fue bajando su mano
por la tripa hasta el pubis, lo acarició un buen rato y finalmente
tomó en su mano mi miembro y empezó a trabajarlo de
forma acompasada con los movimientos de su pubis contra mis nalgas.
Ya hacia rato que yo notaba sus testículos golpeándome,
como señal de que la penetración era profunda, perfecta.
Desde mi posición no lo pude ver, pero intuyo que ella cogió
el aparato que había servido para preparar mi penetración,
lo volvió a rociar con el lubricante y se lo introdujo igual
que había hecho conmigo unos minutos antes.
Desde luego, ella estaba afectada por la pequeña orgía
que teníamos montada porque el sexo anal nunca había
sido una de sus variantes preferidas, y de hecho, que yo supiera,
esa era la primera vez que utilizaba en sí misma aquel aparato.
Con él completamente introducido en su ano, se puso junto a
mí, en la misma posición que me él me había
colocado: boca abajo con el culo levantado. Ella empezó a besarme
y a la vez a acariciarse el trasero de forma sensual y provocativa
hacia mi amante, que tenía delante de él los dos cuerpos
a su disposición. Empezó entonces una competición
sorda entre ella y yo por conseguir ser el elegido para la penetración.
Yo partía con la ventaja de ser el receptor de su miembro,
pero no contaba con las poderosas armas que puede desplegar una mujer
cuando quiere conseguir algo.
Las caricias por su culo se convirtieron poco a poco en caricias de
autosatisfacción a las que acompañaron enseguida los
jadeos, antesala de un nuevo orgasmo. Él estaba siendo atraído
por esta ‘treta’: yo notaba como el ritmo de la penetración
era cada vez mas rápido y que cada empujón era mas fuerte
que el anterior. Era evidente que la escena que ella le estaba montando
le ponía como una moto. La culminación llegó
cuando las caricias en su clítoris la llevaron al orgasmo con
el aparato introducido en su ano y dejó de convulsionarse como
había estado haciendo mientras llegaba a esa culminación,
respiró profundamente y se lo sacó dejando a su vista
su agujero completamente dilatado, lubricado, retando en silencio
a mi amante para que intentara resistirse a la tentación de
penetrarlo. Yo estaba deseando que él se corriera dentro de
mí, como solía hacer cuando manteníamos relaciones
y también sabía que la posibilidad de repetir en una
misma sesión había quedado olvidada en la juventud ya
gastada. Si la penetraba a ella era inevitable que terminara derramándose,
privándome a mí de ese goce.
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Hasta aquí el cuento. Todo cuento tiene que tener un final,
pero no se cuál elegir para este. La persona que por casualidad
pueda llegar a leer estas hojas pude terminarlo, después de
alargarlo lo que desea (aunque debe pensar que a esta altura del cuento
los tres estamos ya a punto de llegar a la culminación de la
orgía, y que no debería de hacernos actuar mucho mas,
sino propiciar una resolución a este momento de tan alta tensión
sexual...).