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DE RELATOS EROTICOS
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Iniciación
al trio 2.
Luego
de varias horas de ejercicio, sexo y sudor, todos quedan físicamente
agotados. Es hora de abandonarse a los brazos de Morfeo y dormir.
Generalmente la mujer queda envuelta por los dos hombres.
EL tiene una facilidad, un don natural, para despertarse antes del
amanecer. La calidez del cuerpo femenino que yace a su lado es motivo
suficiente para recordar cómo y por qué está
allí.
Pasa el brazo por sobre el cuerpo de la mujer, la envuelve, llega
con su mano hasta el vientre y la atrae hacia sí, haciéndole
sentir la presión de su miembro pegado a su cola.
Es notable la naturaleza humana, casi siempre, ante ello, la mujer
despierta y responde con un ronroneo de placer. Incorporándose
apenas y con un susurro casi inaudible deslizado al borde del oído
EL invita a la mujer: ...que no se despierte....si se despierta te
quedás quietita....y si no se despierta.... mejor, subrayando
ese mejor apretándola más hacia él.
Desliza la mano desde el vientre, enrieda con suavidad los dedos en
el vello púbico, sigue el movimiento, desliza la palma suave
siguiendo el contorno exterior: la cadera, el nacimiento del muslo,
el muslo hasta casi alcanzar la rodilla de la mujer. Ingresa por entre
los muslos buscando la cara interna, ella desea girar y EL se lo impide
presionando con su pecho y sus piernas.
La mano vuelve atrás sobre sus pasos y desanda el recorrido
anterior por el mismo camino externo hasta la cadera.
Luego vuelve a bajar para insinuarse nuevamente en la cara interna,
entre los muslos, en su recorrido descendente.
Llega hasta la rodilla, la toma apenas con la punta de los dedos y
la invita a abrirse, a abrir y levantar la rodilla.
Allí es cuando EL se retira un instante hacia atrás,
para acomodarse. La rodilla de la mujer está elevada y la pierna
entreabierta dejando al descubierto su conchita.
Allí es cuando ocurre, uno que se desliza y otra que lo acoge
en su hirviente interior.
Apenas el roce de las pieles entre sí y las pieles en las sábanas.
Ambos conteniendo la respiración para no despertar al marido,
jadeando hacia adentro, haciendo lo posible y lo imposible para no
delatarse.
Ella, cogiendo con un desconocido, al lado del marido que duerme plácidamente
ignorando todo. EL, cogiéndose a la mujer, sin que el marido
se entere.
Ella, dejándose coger. Moviéndose apenas, contenidos,
esforzándose para no delatarse. Es casi imposible no soltar
algún gemido, pero ambos se ayudan. EL con el canto de la mano
en la boca de ella, para que muerda. EL, la boca abierta sobre la
redondez de un hombro, para morder. Cada vez más rápido,
más audaz. Hasta llegar a lo que ambos necesitan.
Al momento de venirse, al abrirse las compuertas, allí sí,
para ambos, es inevitable abrir, también abrir las compuertas
de las gargantas y soltarse, lanzar un gemido que es casi un ronquido.
Es inevitable. Y puede ocurrir que el marido se despierte, somnoliento.
Ya está, ya sucedió, no se pudo evitar. Todo es cuestión
de tomar las riendas con absoluto control en ese momento. Mirá
que hermosa pija para chupar tenés allí, incita EL.
Y ninguna mujer ha dudado, en esos momentos, de ir con su boca en
busca del miembro que se le ofrece y de chuparlo y sorberlo, hasta
lograr que ese hombre, su marido, se derrame íntegro en su
boca.
Suele ocurrir que EL, con el canto de la mano, aproveche para frotarle
la concha a la mujer desde atrás, ya que un orgasmo a ellas
no les desagrada en lo más mínimo y tampoco las agota.
Un varón ya no es el mismo, luego de haber consentido que otro
hombre tome de lo que es suyo frente a sus narices y una mujer ya
nunca será la misma, luego de hacerle saber al marido de lo
que es capaz.