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Un
cuento de Primavera
A
veces las cosas ocurren cuando menos deben pasar.
Eran las 9:30 de la mañana de un sábado de abril, se
había pasado lloviendo los últimos 6 meses, no siempre
había llovido con furia, ni con viento, muchos días,
casi algunos meses había llovido con una lluvia fina, que casi
no se notaba, pero que persistía un día tras otro, haciendo
que estos fuesen realmente monótonos y aburridos y se pareciesen
los unos a los otros hasta confundirse en el infinito de su memoria.
Pero aquel sábado era diferente, había salido el sol,
desde la ventana de su habitación, cuando se levanto y miro
lo primero que vio fue el mar, su mar, aquel mar lleno de barcos,
veleros, lanchas, cargueros y toda la fauna de barcos habida y por
haber, al fondo la otra orilla de su amada ría, salpicada por
todos lados por pueblecitos pequeños de marineros que aunque
cada vez eran menos los que se hacían a la mar, seguían
viviendo de él, a través del turismo o a través
de las playas o de mil y un ingenios que aquellos hombres rudos, pero
muy honrados se habían tenido que ir inventando para poder
sobrevivir cuando la pesca se terminó. La ría estaba
inmensa, llena de todo tipo de barcos, el sol, por fin estaba sobre
ella como un hombre que cubre a una mujer cuando le hace el amor,
la tenia cogida entre sus brazos y la poseía con cariño
y ternura dándole lo mejor de si mientras ella, la ría,
se dejaba hacer complaciente, viendo como él se metía
entre sus aguas y sacaba de allí reflejos de plata que hacían
pestañear a todo el que miraba desde las ventanas cercanas.
En el cielo, todo azul, se veían cruzar como saetas de un extremo
a otro docenas de gaviotas con sus picos amarillos y sus alas blancas
extendidas para dejarse caer en picado y casi verticales sobre las
tranquilas aguas que eran pinchadas una u otra vez y cientos de veces
para intentar extraer algo de comida de aquellas aguas casi vacías.
Andrés, seguía toda esta explosión de vida emocionado
desde su ventana, mirando sin poder apartar sus ojos de aquel inmenso
teatro de la vida que tenia ante sus ojos; pero sin embargo sus pensamientos
estaban en otro sitio, a muchos kilómetros de allí.
Hoy era el gran día, hoy por fin, después de mucho tiempo
iban a estar juntos por primera vez, por primera vez se iban a hablar
a la cara y por primera vez se iban a coger las manos. Sí,
hoy por primera vez la iba a ver a ella e iba a poder sentir el contacto
de su piel sobre la suya, e iba a mirarle los ojos frente a los suyos
e iba a poder decirle cosas al oído. Se habían conocido
hacia ya algunos meses, y se habían gustado y al fin se habían
enamorado, el corazón no sabe de distancias, no sabe de valles
ni sabe de montañas o de mares, el corazón se enamora
y le da igual donde esté la otra persona o quien sea ella,
el corazón es un ser sin conciencia que no se preocupa de que
después el ser enamorado tenga que sufrir por no tener a su
persona amada al lado sino que tenga que recorrer grandes distancias
para verla o para poder darle un simple beso o una comida con ella;
el corazón es insensible ante todas las dificultades que se
le pongan, él se enamora y lo demás no le importa, para
eso están los brazos y las piernas y la cabeza para poder sortear
todos los obstáculos que se le pongan al corazón, a
él todo eso le importa un bledo, cumple con su trabajo sin
preocuparse de las consecuencias, sin pensar en que la otra persona
está lejos, o esta casada, o tiene hijos pequeños, o
padece algún tipo de enfermedad, eso no va con él y
no lo tiene en cuenta, que el resto del ser después de hacer
él su trabajo se preocupe por solucionar los problema que trae
consigo su falta de sensibilidad. Andrés, aun sin conocerla
se había enamorado de su dulzura, de la tranquilidad que respiraban
sus mensajes, de su equilibrio, de la naturalidad con que le contaba
sus cosas y sobre todo de su sinceridad, al no haberse visto nunca
las caras, se habían dicho verdades, muchas verdades, verdades
como puños, se habían contado cosas de cada uno que
siempre las habían guardado para si y no se las habían
revelado ni a sus seres mas allegados, ni a sus hijos ni a sus amigos.
Pero entre ellos estaba la complicidad que producía el saber
el uno secretos del otro que para ellos mismos resultaba casi insoportables
el haberlos revelado a nadie, esto había hecho que los lazos
de afecto y de cariño se hubiesen reforzado hasta extremos
impensables. Todo esto pensaba Andrés mientras desde la ventana
seguía sin cesar el vuelo de las gaviotas o el faenar de los
barcos y de las lanchas en un incesante ir y venir de la vida a su
alrededor. Por fin, recogiendo todos sus pensamientos se decidió
a ponerse en movimiento, todo tenia que salir perfecto, no podía
haber fallos ni ningún tipo de problema de ultima hora, ella
tenia que ser la reina por antonomasia cuando llegase, no quería
errores ni equivocaciones. Empezó por volver a llamar por enésima
vez al restaurante para cerciorarse de que la mesa que estaba reservada
era la que él quería, aquella que estaba en el rincón,
al lado de la cristalera desde la que podrían ver la ría
de noche en toda su magnitud, hecho esto y tras decirle el maitre
por enésima vez también que todo estaba perfecto volvió
a llamar a la floristería, tenían que ser rosas amarillas,
no las quería ni blancas, símbolo de pureza, ni rojas,
símbolo de pasión, tenían que ser amarillas en
las que se combinaban un poco de amistad con algo de pasión
y con un toque de sosiego, lo cual a ambos les vendría muy
bien. Por último y ya absolutamente desquiciado de los nervios
decidió ir al armario a ver lo que se ponía; la tenia
estudiado desde hacia mucho tiempo, desde que supo que por fin se
iban a ver, que por fin iban a estar juntos unas horas, aquello era
lo mejor que le había pasado desde que nacieron sus hijos,
se sentía lleno de vida, pletórico de entusiasmo exultante
de salud y decidido a lo que hiciese falta por conseguir terminar
de conquistar a su amada a la que no había conocido más
que a través de los mensajes que se iban intercambiando por
la red. Aquello era realmente alucinante, aquello no podía
ser bueno ¿o sí?. Él no lo sabia pero estaba
absolutamente feliz aunque le temblaban las piernas de tan solo pensarlo,
y la cabeza le daba vueltas con solo imaginar sus labios unidos a
los de ella. No, no podía seguir pensando en ello, tenia que
buscar la ropa, tenia que afeitarse y ducharse y todo tenia que salir
perfecto. Por fin se decidió, cosa que ya había hecho
cien veces en los días anteriores al encuentro, se pondría
un pantalón beige con una chaqueta de mezclilla y una camisa
cruda, zapatos y cinturón marrones; volvió a coger el
cepillo y nuevamente les dio una pasada a los ya impolutos zapatos.
La hora se acercaba y si seguía allí pensando y pensando
nunca llegaría a conocerla, pero es que había sido un
sueño casi imposible de realizar y ahora no se lo creía
que fuese a ocurrir. A partir del momento en que la viese, en que
la besase, en que la tocase, cambiaría su vida, tendría
que volver a plantearse todo, su trabajo, su familia su estado de
animo, su situación económica. Ella iba a ser un revulsivo
que ya había trastocado su rutinaria vida y que a partir de
unos momentos mas cambiaría toda su existencia. El corazón
le latía con fuerza dentro del pecho y no conseguía
abrocharse los botones de la camisa, los dedos no conseguían
estarse quietos y él cada vez se ponía mas nervioso,
hasta el punto que desechó la camisa, se la quito y la tiro
al suelo, cogió un polo de manga corta y se lo enfundó,
ja, ja, había ganado, aquello no tenia botones. Por fin salió
a la calle y se puso delante del volante, iba a ser un recorrido realmente
extenuante, habían quedado en el aparcamiento que estaba en
la playa, al lado del restaurante. Todo eran semáforos en rojo,
todo eran bocinazos de coches a su alrededor, y es que la gente seguía
con su vida normal, no sabían que el iba hacia otra vida, al
encuentro de su amor, al encuentro de el ser que tanto había
ansiado durante 46 años, por fin iba a estar con ella, por
fin ...qué ruido era ese, por qué el coche se bandeaba,
no, a él no le podía pasar eso, no podía ser,
había pinchado una rueda, eso no le podía ocurrir a
él. Oh! Cielos!, ¡Ahora no!. Pero sí, había
sucedido, había pinchado, ¡no se lo podía creer!,
era la primera vez en su vida que pinchaba, y tenia que ser enes momento,
cuando estaba a punto de conocerla a ella, esto era realmente una
pesadilla. No le quedó mas remedio y se puso a arreglar la
rueda, los coches pasaban a su alrededor sin cesar, hacia sol y la
gente iba a la playa, habían sido muchos meses sin ver al astro
rey y la gente tenia necesidad de vitaminas, tenia hambre de sol,
y él mientras la mujer de su vida le esperaba se dedicaba a
reparar las ruedas de su coche, esto era totalmente kafkiano, sólo
le podía ocurrir a él, a quien se lo contase no se lo
creería. Pero bueno había que dejar de quejarse, había
que empezar a trabajar, el tiempo se echaba encima y ya iba a llegar
tarde a la cita y al almuerzo y a todo ¡Dios mío!, ¿Dónde
estaba el gato?. ¿Cómo se quitaba aquella maldita rueda?.
¿Por qué las apretaban tanto?. ¿Es que no iba
a acabar nunca?....Por fin, súbete rápido Andrés
que ya has terminado, corre, corre que aun llegas, sólo pasan
5 minutos de la hora. Corriendo por las calles ve como a lo lejos
ya se divisa el aparcamiento, y también ve como a lo lejos
hay un coche aparcado, de ser ella, ya ha llegado, está allí,
esperándole a él, esta esperándolo su felicidad,
su nueva vida. Entra en el aparcamiento y ella, con su media melena,
recostada sobre el volante no le permite ver su cara, abre su puerta
mientras ella, que se ha percatado de su presencia hace lo mismo.
El corazón se le está saliendo del pecho, el ritmo al
que está sometido es impensable, aquello no puede ser bueno,
le sudan las manos y por la frente le cae un churretón sucio
de sudor después de haber cambiado la rueda, tiene la cara
llena de tizne y no se ha dado cuenta, se acerca al coche de su amada
mientras ella sale del coche y .............................en es
preciso momento , justo a tiempo de verla por primera vez, cuando
las esperanzas y ansias de las que estaban pletóricas su vida
se iban a hacer realidad y la iba a estrechar entre sus brazos y todos
sus sueños y fantasías se iban a concretar en ese preciso
instante en el que el sol se iba ocultando por el horizonte como una
tremenda bola roja que estaba sujeta sólo por el azul del mar,
por el refulgente azul de su amada ría, le atacó el
dolor, un inmenso y tremendo dolor, un pinchazo que le recorrió
el brazo y el pecho como si fuese un relámpago que le hubiese
caído encima, un dolor tan subyugante como una amante posesiva
y entonces él se dejo ir, se dejo llevar por el dolor más
allá de sus sueños o fantasías, mas allá
de ella y de su ría, mas allá del rojo sol o del verde
del césped que estaba pisando, más allá de todo
y se centró en la negrura, en lo oscuro de aquel negro absoluto
que el dolor le traía y cayendo de bruces se quedó allí
tendido esperando ya sin esperanzas ninguna y la cara de ella se desvaneció
y el fin se adueño de él por completo y la negrura se
hizo con él. FIN.