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El
asesinato
En
una comisaria (especial) se recibe un nuevo caso de asesinato.
Desde el mismo momento en que los vio entrar a los dos a través
de la puerta supo lo que le iban a contar, tantos años en la
sección de desaparecidos le había creado un instinto
especial frente a estas cosas. Efectivamente se acercaron a él
con los ojos llorosos y temblándoles la voz y le relataron
que desde la noche anterior su hijito no había aparecido por
casa. Armándose de paciencia y tratando que no se le notase
el hastío en la voz les comenzó a preguntar por cómo
habían sido los hechos: A ver, dijo, vamos por partes; tratemos
de calmarnos y así sacaremos las cosas en limpio y podremos
establecer los hechos y de esa forma ayudarles, ¿les parece
bien?. Ante esto ambos comenzaron a tranquilizarse un poco y aunque
ella seguía manteniendo el pañuelo cogido, por lo menos
no hipaba cada vez que su marido contestaba a alguna pregunta relacionada
con su hijo. Para comenzar, habló el inspector, díganme:
¿son ustedes de por aquí?. Él moviendo la cabeza
asintió. ¿Su hijo conoce la zona?- volvió a preguntar
el inspector- y nuevamente el padre volvió a asentir con la
cabeza sin ningún otro comentario. ¿Han hablado ya con
sus amigos?. El padre cogiendo un poco de aire respondió: Si,
señor, hemos hablado con todos ellos y se extrañaron
ya que lo último que hicieron fue dar un paseo por la zona,
entraron en un par de bares para ver el ambiente y como estaba todo
muy apagado decidieron marcharse cada uno para su casa a descansar
ya que hoy tenían una competición de vuelos y querían
estar preparados para que el entrenador no les fuese a echar la bronca.
Muy bien, contestó el inspector, o sea que el crío es
deportista y se dedica al vuelo ¿no es eso?. Exacto, contestó
el padre, mientras la madre se volvía a llevar el pañuelo
a los legañosos ojos que no cesaban de derramar lágrimas.
Bueno, vamos con otra cosa, volvió a hablar el inspector, según
me comentan es un crío muy formal ¿no?. ¿No se
habrá marchado con alguna fémina por ahí?. Bueno,
ya saben a dar una vuelta, a conocerse un poco mejor, en fin a estas
edades ya saben ustedes lo que es normal. La madre escandalizada abrió
enormemente los ojos y con una voz chillona respondió: Noooo,
inspector, mi hijo no es de esos, él mientras no encuentre
a su media naranja no hará nada que no esté permitido
por la comunidad, ¡ hasta ahí podríamos llegar!.
¡Eso sí que no le permito ni que lo insinúe! Vale,
vale, señora, no se ponga así, es mi obligación
preguntarlo, ¿Ud. Sabe la de gente que entra por aquí?.
Yo no puedo conocer a toda la comunidad y además también
viene gente de otras comunidades y es imposible quedarse con las caras
de todos ¿no le parece?. Ante esta explicación la señora
se calmó un poco y entonces aprovechó el inspector para
hacer otra de aquellas preguntas que sabia que incomodaba en extremo
a los progenitores que pasaban por aquel despacho, pero que era necesaria
hacer: ¿Uds. le explicaron bien a su hijo del problema que
tenemos en este barrio y de que por el sexto del edificio no se podía
acercar?. ¿No es cierto?. Los padres se miraron como mutuamente
como si el inspector estuviese loco y nuevamente ambos clavaron sus
los ojos en el inspector y con toda la rabia contenida que podían
le contestaron: Inspector, por quien nos toma Ud. Nosotros hemos hecho
nuestro trabajo a la perfección; él sabe de sobra que
no se puede acercar por el sexto del edificio, y que si lo hace y
nosotros nos enteramos quedará castigado en casa sin salir
hasta que se gradúe y ya nosotros no podamos impedirle el ir
donde quiera. Ok, contestó el inspector, de todas formas vamos
a enviar una patrulla hasta el sexto y a ver que encuentran, no obstante
les advierto que la patrulla irá a su costa y que tendrán
que pagar los gastos de desplazamiento y búsqueda y que si
lo encontramos y ha infringido las normas lo meteremos en el calabozo
y no le permitiremos ni la graduación ni por supuesto que siga
perteneciendo al equipo de vuelos del colegio. ¿Están
Uds. de acuerdo?. Si, claro, contestó el padre de la criatura.
Entonces poniéndoles el inspector un papel delante de los ojos
les dijo. Por favor, firmen los dos estos papeles conforme yo les
he explicado las normas y ustedes están de acuerdo. Temblorosamente
ambos estamparon sus firmas en los papeles que les habían puesto
delante y se echaron a llorar. El inspector los hizo pasar a una sala
de espera en la cual se encontraban algunas parejas más, todas
ellas llorosas y compungidas. Volviendo a su puesto, ladró
por el micrófono: "¡Patrulla de servicio, acérquese
al sexto nuevamente y comprueben que no hay otra víctima del
loco!". Cuando la patrulla se acercó muy despacio hasta
el sexto piso, y después de dar una vuelta por todo él,
llegó al dormitorio del loco y allí se volvieron a encontrar
el maldito espectáculo: estampado contra el vidrio de la ventana
se encontraba lleno de sangre otro mosquito que no se había
salvado de la ira ni de la rasqueta que tenia el loco y que usaba
con toda diligencia. A pesar de haberles dicho a todos los jóvenes
que no se acercasen por aquella zona nunca, que se fuesen a otras
casas, la imprudencia o la temeridad les obligaba a ir una y otra
vez y terminaban siempre, indefectiblemente, víctimas del hombre
aquel que no dormía nunca, ni de noche ni de día y que
se dedicaba con una pasión fuera de lo normal a exterminarlos
estampándolos contra las paredes o las ventanas del piso. La
patrulla despacio, para no hacer ruido, se volvió hacia la
comisaria a informar de su macabro descubrimiento y volver a hacer
llorar a una nueva familia.