RELATOS EROTICOS
•
Relatos
• Cuentos
XXX • Literatura
erotica • Narraciones
• Cuentos
porno • Historias
de sexo
Meigas
y brujas
Historias
del más allá y del más acá.
¿Ustedes han visto alguna vez la Santa Compaña? ¿No?
Pues yo sí. Ahora que me acuerdo, ustedes no pueden verla porque
no son gallegos y la Santa Compaña es una procesión
de ánimas del Purgatorio exclusivamente gallegas. Es una comitiva
temible y, aunque no es nacionalista, causa espanto verla. Se pasean
entre los pinos ululantes en noches de vendaval, lóbregas y
lluviosas; producen escalofríos de pánico con sus sábanas
blancas que ni la lluvia se atreve a mojar; llevan luces con llamas
como los Fuegos de San Telmo a las que ni el mismo Eolo conseguiría
apagar por mucho que soplara; chirrían sus cadenas de gruesos
eslabones al arrastrarlas por la corredoiras como si estuvieran oxidadas;
las cadenas, no las corredoiras. En verdad que es una visión
dantesca. La Divina Comedia me hace pensar que algún afilador
de Orense debió explicarle la pavorosa visión a Dante
Alighieri. Lo mejor, cuando las ves, es llevar un crucifijo, pero
si no lo llevas debes hacer la cruz con dos dedos y besarlos mientras
murmuras tres veces: "Arrenégoche demo" (Reniego
de ti demonio) pero sin que te oigan porque te expones a que te den
un golpe con los gruesos eslabones de las cadenas y pueden dejarte
en el sitio tan muerto como a mi amigo Necho al que le abrieron la
cabeza hasta las cervicales de un solo golpe. Los incrédulos
dicen que se cayó de un pino y se dio contra una piedra. Yo
no lo creo, Necho, caída la noche, nunca iba a buscar nidos
para hacerse una tortilla porque no veía los huevitos. Era
muy trabajador Necho, pero ganaba tan poquito como si trabajara limpiando
las deposiciones del pajarito de un reloj de cuco. De ahí su
afición a los nidos. Si tienes la mala suerte de que alguna
alma en pena te mire por los agujeros negros de la sábana,
puede ocurrirte una desgracia horrible como caérsete la paletilla
y luego, una meiga, tiene que quitarte el mal de ojo sentado en el
suelo, los brazos alzados y las palmas unidas hasta que los dedos
medios marcan la diferencia de la paletilla caída, entonces,
de un fuerte y seco tirón hacia arriba pueden colocarte en
su sitio el omóplato desplazado. Terrible, créanme.
La meiga que no sabe hacerlo puede dejarte tullido. Y eso es lo más
suave que te puede ocurrir. Claro que las meigas son todas buenas
y en muy raras ocasiones se equivocan, no como las brujas que son
todas malas como la que yo tengo en casa que es una peste de arpía
que sólo yo puedo ver. El día que logre cazarla se va
a enterar de lo que vale un exorcismo. Estas malas brujas pueden aparecerse
en diversas formas. A veces como un ectoplasma difuso, otras como
un espíritu invisible y maligno y las más de las veces
como un insecto repugnante imposible de matar ni con el insecticida
más potente. Y siempre se aparecen a las personas que odian.
Sabido es que los mosquitos no pican, son las mosquitas las que te
chupan la sangre y aunque no me molesta que me la chupen, si me molesta
que me hagan ronchas y me den la tabarra continuamente como si estuvieran
perdidamente enamoradas de mí. De verdad, son una plaga. Yo
tengo una teoría respecto a las mosquitas. Creo que son hembras
muy feas a las que nadie es capaz de hacerles un favor metiéndoles
una buena verga en el coño, aunque esté más necesitado
que un anacoreta con diez años de soledad, porque no hay mosquito
que se acerque a ellas y, por lo tanto, su insatisfecha sexualidad
las convierte en seres rabiosos peores que las mantis religiosas que
ya es decir. Sobre todo, no te dejan en paz si como yo, eres guapo,
tienes buena planta y encima eres muy inteligente que era lo que decían
a dúo mis dos abuelas; si lo decían ellas que tenían
mucha experiencia por algo sería, vamos, digo yo. Por suerte
tengo a Lina en casa que es una encantadora meiguiña buena
(de momento) y la bruja no se atreve a hablarme mientras ella está
a mi lado pero, como ya dije en mi relato anterior, nos hace toda
clase de perrerías para molestarnos. Sin ir más lejos,
ayer noche mientras mi muñequita y yo hablábamos en
la cama cara a cara sobre el sexo de los ángeles procurando
darnos todo el gusto que tal discusión requería, se
encendió la luz de repente. A mí la luz no me molesta,
al contrario, me encanta ver a mi princesita porque es una preciosidad,
pero a Lina sí. -- ¿Por qué enciendes la luz?
– me preguntó, escondiendo sus bellas facciones en mi
cuello – Ya sabes que no me gusta, cariño. Yo no podía
decirle que no había sido yo, que la había encendido
el maldito ectoplasma porque ya me dirán ustedes como le digo
que tengo una bruja en casa, le puede dar un soponcio, es muy miedosa.
-- Nena – le dije pensando a toda velocidad, atrayendo sus nalgas
con fuerza hacia mí – esa luz se apaga con el calor y
tú y yo estamos sudando. Y de repente se apagó la luz.
-- ¿Cómo lo has hecho, si tienes las dos manos ocupadas?
– me susurró al oído, apretando su sexo contra
el mío hasta enterrarlo entero -- ¿Qué clase
de truco utilizas? -- No es ningún truco, amor – y vuelta
a pensar a toda velocidad, mientras la verga le rozaba el útero
– es culpa de la sinergia. -- ¿Quién es esa Sinergia?
Y no me mientas, cariño. -- No te miento, mi amor, la sinergia
no es una mujer. -- ¿Ah, no? ¿Entonces quien enciende
y apagada la luz? -- Verás, la sinergia es una función
que realizan dos órganos... -- Mira, cariño, déjate
de fisiología que te conozco y eres capaz de tener otra bajo
la cama. Entonces no me quedó más remedio que exclamar
en voz alta: -- ¡¡Sinergia, haz el favor de presentarte
aquí ahora mismo!! Increíble, oigan, la muy pendeja
de la bruja va y enciende la luz otra vez. Lo que faltaba pensé
cabreado, pero no hay mal que por bien no venga, porque mi princesita
se abrazó a mí temblando como una vara verde y al notar
como temblaba también me entró a mí el tembleque.
Noté su orgasmo acariciándome el glande y no pude resistirlo
y la inundé con violentos borbotones. La luz se apagó
y se encendió furiosamente un montón de veces. Pese
a estar muy ocupado recuerdo que pensé: Como me fundas las
halógenas te machaco, desgraciada. Total, que a la maldita
bruja le salió el tiro por la culata y mi nena y yo nos fuimos
a la ducha a refrescarnos. Miren si son desconfiadas las muchachas
que antes de salir de la habitación miró debajo de la
cama. Al comprobar que no estaba la Sinergia, me echó los brazos
al cuello para besarme muy apasionada, clavándome los firmes
pitones en el tórax. No hay torero que haya recibido dos pitonazos
con más valentía y arrojo que yo. Que le voy a hacer
si uno ha nacido así de intrépido. Pero no es tan fácil
deshacerse de una bruja. Pese a que eché el cerrojo, la canallesca
ectoplasma entró en el baño igual que las sanciones
de Hacienda cuando no estás en casa, por debajo de la puerta.
No supe que se había infiltrado hasta media hora más
tarde al romperse la mampara de plástico de la ducha cuando
más entretenido estaba comprobando el sabor del templo de Venus
y las esculturales columnas que lo sostienen. Otra canallada que no
le voy a perdonar en la vida. Lina cree que fue ella la causante del
estropicio al estirar de golpe las piernas porque le entró
un hormigueo tan descomunal que la dobló hacia atrás
como una contorsionista y tuve que tragar rápido porque fue
muy abundante. De todas formas, mejor que lo crea, así me evito
tener que explicarle que vivimos con una fantasma en casa. Cuando
regresamos al dormitorio tomé la precaución de tapar
la parte inferior de la puerta con las toallas de baño. Como
estaban húmedas imaginé que le sería imposible
filtrase. Pero ¡¡qué va!! A esta bandarra no hay
careta antigás que la detenga. Nos tapamos hasta las coronillas
para no hacerle caso por mucho que intentara molestarnos. -- Vamos
a sudar la gota, cariño – me dijo, sofocada a los dos
minutos acariciándome la barra de gimnasia – y puede
salirnos el sarampión. -- Yo ya lo he tenido ¿Tú
no? -- Si, también – respondió, introduciendo
la barra hasta la mitad del templo -- ¿Pero por qué
nos tapamos tanto? -- Para que la sinergia no nos moleste, amorcito.
-- Estas tú hecho una buena sinergia, cariño, me estás
ahogando. Y, de pronto, oímos un ruido tremendo en el comedor,
como si el vecino del piso superior, que es muy gordo, se hubiera
venido abajo. -- ¡¡Dios mío!! – exclamó
asustada, sepultando hasta la raíz a mi hermanito pequeño
-- ¿Qué ha sido eso? -- No sé – respondí,
rizándole un pezón para infundirle ánimos --
no hagas caso, ya nos dirán algo. -- Tengo miedo, cariño.
-- Pues no lo tengas que estoy yo aquí y además estamos
bien tapados. -- ¿Y si ha entrado un ladrón, cielo?
-- No te preocupes, nena, mañana compraré una pistola
a un traficante amigo mío. -- Pero ¿es que no piensas
hacer nada? -- ¿Y qué quieres que haga, además
de lo que te hago? -- Mirar a ver que ha ocurrido, puede ser algo
grave. -- Lo que haya ocurrido podemos verlo mañana, mi vida,
ahora puede apagarse la luz y tampoco vería nada ¿no
lo comprendes? Anda, sigue moviéndote. -- Pero ¿tú
qué crees que ha pasado? – volvió a preguntar
sin hacerme caso. -- Seguramente – respondí paciente
-- ha cedido el piso y el señor Ramón ha caído
dentro de nuestro comedor, ya sabes lo gordo que es. -- Si hubiera
sido eso estaría gritando. -- Puede haberse matado, mujer,
por eso no grita. -- Pues yo, cariño, no podré disfrutarlo
con un muerto en el comedor. Ustedes ya saben lo tozudas que son las
mujeres. Al final, mi hermanito tuvo que salir de su escondite y yo
de la cama, coger el cuchillo más grande de la cocina y acercarme
al comedor sigilosamente. Estaba dispuesto a traspasar de parte a
parte al ectoplasma si me la encontraba. Llegué al comedor
de puntillas, abrí de golpe la puerta lanzando cuchilladas
a diestra y siniestra con tanta ferocidad que a poco más me
degüello. Encendí la luz y comprobé que el carillón
se había venido a tierra; todas sus tripas metálicas
estaban esparcidas por el suelo, hasta los legionarios romanos habían
saltado de la esfera. ¡¡Maldita bruja!! ¿Dónde
demonios te metes? ¡¡Da la cara si te atreves, canalla!!.
No se atrevió. Dejé el cuchillo y regresé al
lado de mí adorada muñeca. -- ¿Qué ha
pasado, cariño? -- Nada, nena – respondí, escondiendo
a mi hermanito otra vez - se ha caído el carillón del
comedor. -- ¿El que has comprado esta tarde? -- Sí,
nena, el mismo, ya ves. -- Ya te dije que al cáncamo había
que ponerle un taco porque el reloj pesa demasiado, pero tú
con tal de llevarme la contraria... Tuve que cerrarle la boca con
un beso porque no podía decirle que lo había derribado
la bruja para darme la noche. La luz volvió a apagarse sola.
Lina, temerosa, se apretó contra mí hermanito que se
le hundió hasta la matriz. Se hizo un silencio sofocado, se
oyeron suaves gemidos, y, a poco, mi princesita empezó a runrunear
de nuevo como una gatita de lomo suave y sedoso. Les aseguro por mi
vida que era sedoso como la seda o más. Estoy decidido a iniciarme
en las artes del vudú espiritual a ver si logro acabar con
la maldita bruja de una vez. Ya les informaré de lo que ocurra.