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Otras plumas (4) Parte I
Un aprendiz de druida celta intenta calmar los ánimos de sus
compañeros de ruta. Casi un episodio hot de Asterix...
Un aprendiz de druida celta intenta calmar los ánimos de sus
compañeros de ruta. Casi un episodio 'hot' de Asterix... Apuntes:
Otras plumas IV* Textos de Claude Cueni "Año 695 del calendario
romano, 58 a.C. Un procónsul acosado por las deudas aprovecha
los desórdenes en la Galia para emprender, sin permiso del
Senado romano, una brutal guerra de rapiña y salvar así
su propia carrera política. Su nombre es Julio César.
Una de las víctimas de la amenaza romana es Colisio, un joven
celta aspirante a druida, [cojo, con la pierna izquierda semirígida,
lo que le impide casi caminar] que, junto a su pueblo y a Wanda -su
bella esclava germana- se ve obligado a huir de tierras helvéticas
hacia el océano Atlántico. Tras salir indemne de una
espantosa matanza y ante la amenaza de acabar esclavizado, Corisio
acaba ejerciendo de escriba a las órdenes del César.
A partir de este momento, el destino de estos dos personajes tan diferentes
se une para siempre. El celta, que ha aprendido a curas enfermedades,
comunicarse con los dioses y prever el futuro, acompaña a César
en su marcha triunfal a través de la Galia, debatiéndose
entre la fidelidad al líder romano y el resentimiento hacia
el hombre que quiere someter a su pueblo." (1) [LA PÓCIMA
DE COLISIO] (...) Durante los días siguientes cabalgamos en
dirección al noroeste (...) Desde una elevación divisamos
[que] la retaguardia armada de la caravana helvecia (...) se estaban
acercando al Arar. Probablemente, el río los detendría
una buena temporada. (...) Acampamos sobre la elevación y contemplamos
los lejanos trabajos de los [celtas] helvecios mientras Fuscino preparaba
la comida. Coció granos de cereal con agua y les añadió
un poco de sal, cebolla, ajo, hierbas y verduras. Poco después
había puré de habichuelas y tocino. Los huevos se habían
roto en el trayecto, y [mi perra] 'Lucía' se entretuvo en limpiar
el saco de piel lleno de paja que contenía los huevos. En el
crepúsculo se repitieron las conversaciones de las últimas
noches. El joven tribuno rezongaba y el oficial lo escuchaba aburrido
mientras los dos [celtas] eduos no paraban de hablar de su feliz cotidianidad
en el servicio romano. No obstante, a menudo miraban a Wanda de reojo.
A mí sus miradas me parecían cada vez más francas
y ansiosas; era como si quisieran desnudarla. Le ordené que
no se apartara de mi lado. Yo me entretenía tirando con arco
sin perder de vista a los demás. Es probable que en secreto
quisiera impresionar un poco a los hombres e impedirles acciones irreflexivas.
Y en parte lo conseguí, al menos aquella noche. También
los dos romanos y los dos eduos quisieron probar suerte con el arco.
[El eduo] Cuningunulo era asombrosamente bueno, pero yo era el mejor.
Mi única desventaja era que no podía disparar mientras
caminaba. Necesitaba un sólido apoyo. A la mañana siguiente,
el joven tribuno dijo de improviso que estaba más que harto
de esa monótona vida militar y que si no había por allí
cerca una ciudad que ofreciera un poco de diversión. Añoraba
las termas, las mujeres y el vino. -En el campo has de acostumbrarte
a soñar con ello, tribuno -dijo el oficial. -¿Me vendes
a tu esclava, druida? -preguntó el tribuno, bastante resuelto.
Sacudí la cabeza, sonriente. -¿Y si te lo ordeno? Volví
a sacudir la cabeza. -No me lo puedes ordenar, tribuno. -¿Que
no puedo? -gritó el mocoso al tiempo que se erguía frente
a mí. Me quedé tranquilamente sentado. -¡Ven aquí,
esclava! ¡Nos vamos al bosque! Wanda estaba perturbada. El joven
tribuno no me dejó elección. Lo miré con calma
a los ojos. -¡Tribuno, hay algo aún mejor que una esclava
germana! -¿El qué, druida? -Puedo prepararte algo que
te satisfará más que todas las mujeres de la Galia juntas.
Es el éxtasis de los dioses. -Cierto -soltó el oficial
-, [el tesorero de César,] Mamurra me ha hablado de ello. El
druida conoce una mezclilla que te calentará tanto que el rabo
se te pondrá como el de un burro. -¿Es cierto, druida?
-Sí, así es. -¡Pues empieza ya! -gritó
el joven tribuno. No me moví de mi sitio. -¿Qué
pasa, druida? ¿Por qué no empiezas? -Necesito agua caliente.
El joven tribuno le hizo una señal al esclavo. -Y necesito
ciertas... hierbas. -¿Qué quieres decir con eso? -Volveré
dentro de una hora. Entonces tendré lo que necesito. -¡Sabes
cuál es el precio de la deserción, druida! -exclamó
el joven tribuno sonriendo con malicia. -Soy el druida de César
-contesté-. ¿De veras crees que me escaparía
sólo porque alguien como tú solicita a mi esclava? -Hice
un breve pausa y luego añadí-: ¡Si quisiera, hace
tiempo que estarías muerto! Pero tengo órdenes que cumplir.
¡Y las cumpliré! Le hice una señal a Wanda para
que me siguiera. Los hombres, confundidos, contemplaron cómo
abandonaba el campamento. De camino había visto muchos avellanos,
y yo iba a necesitar una buena cantidad de sus frutos; la avellana
aumenta la presión sanguínea. Pero aún necesitaba
más: pequeñas bayas rojas. Su jugo es peligroso; cuando
se cogen hay que cerrar un ojo y arrancarlas con la mano izquierda.
-¿Estás seguro que funcionará? -preguntó
Wanda. Estaba sentada en un tocón y me observaba con el ceño
fruncido. -Claro -respondí en tono seguro-, ya lo he probado
antes; es decir algo similar, aunque no comparable, pero por el estilo...
Wanda me miraba con escepticismo. -¡Corisio! ¿Cuándo
lo has probado? ¿Y con quién? -Calla, tengo que concentrarme.
Wanda acariciaba a 'Lucía', que estaba arrimada a sus piernas.
-¿Ves esa roca de allí? Wanda asintió. -Luego
regresaré solo al campamento. Una hora después volveré
aquí. Espérame en esa roca. -Como quieras, amo -murmuró
Wanda, que tenía la duda claramente escrita en la cara. Cuando
regresé solo al campamento, los hombres quedaron visiblemente
decepcionados. Los consolé diciéndoles que la decocción
era mejor que todo lo que habían experimentado en la vida y
los mandé alejarse para así preparar la mixtura sobre
la hoguera con toda tranquilidad. Cuando el agua hirvió, añadí
los ingredientes mientras decidía si aquella cantidad de agua
era la correcta. Para los druidas es fácil: siempre tienen
su caldera de bronce sagrada y saben con exactitud hasta qué
marca deben llenarla de agua para hacer una u otra preparación.
Sin embargo, yo utilizaba una caldera romana bastante maltrecha donde
no hacía mucho se habían cocinado judías. Llamé
a los hombres y me hice con el 'pugio' del joven tribuno. Sumergí
el puñal en el centro de la caldera y dije: -Cuando se haya
evaporado tanta agua que la línea de la superficie llegue a
la cuchilla, apartad la caldera del fuego y dejad que se enfríe.
Pero no antes. Bebed entonces tanto como queráis. Al comienzo
del ocaso pasarán los efectos, y también la decocción
que quede en la caldera habrá perdido su magia. -¿Y
tú dónde vas? -preguntó el joven tribuno en tono
pendenciero. -No te debo ninguna explicación, tribuno. -Druida
-dijo el oficial en un tono más estricto-, estamos aquí
porque tenemos órdenes que cumplir. Espero que al ocaso volvamos
a estar todos en condiciones. De nada me sirven unos guardias que
se quedan dormidos. Asentí con la cabeza. -No te preocupes.
Si os atenéis a mis instrucciones, no quedaréis decepcionados.
Ahora me retiraré para implorar a los dioses que os cuiden.
Poco antes del ocaso regresaré aquí. -¿Y estás
del todo seguro de que no desearemos a una mujer? -preguntó
[el otro eduo,] Dicón. -Así es -respondí. A Dicón
aquello le resultaba difícil de imaginar. Señaló
en dirección a una nube de humo que venía de un caserío
muy pequeño. -En caso de urgencia cabalgaremos hasta allí
-rió Cuningunulo-. No importa lo que hagamos, de todos modos
culparán a los helvecios. Hice que el esclavo me ayudara a
subir al caballo y me alejé sin mirar atrás. Cuando
estuve a una milla del campamento, hinqué los talones en los
flancos del caballo y salí a galope tendido. Ya hacía
tiempo que habían apartado la caldera del fuego. Una vez más,
el joven tribuno metía el dedo en la decocción. Después
esbozó una gran sonrisa y se sirvió con su vaso de campo
aquel líquido de extraño olor. El oficial hizo lo mismo,
y después les tocó el turno a los dos eduos. ¡Seguro
que todos se sorprendieron de que les brotara de pronto fuego entre
las caderas! Cuando ya todos se frotaban el sexo entre gemidos, sin
saber muy bien si podrían dar el par de pasos que los separaba
de los caballos, el esclavo Fuscino ahuecó las manos, las hundió
en la caldera y sorbió ruidosamente el líquido mientras
observaba temeroso la actividad a la que se entregaban los demás:
el oficial corrió gimiendo al bosque, donde asió con
la mano izquierda a una haya mientras con la otra mano se masturbaba
a toda velocidad. Los dos eduos corrieron sin aliento a subirse a
los caballos, y Cuningunulo ya salía al galope mientras Dicón
saltaba sobre su caballo con la cabeza roja de excitación y
caía por el lado contrario al tiempo que se sujetaba el vientre
entre gritos de dolor. En ese momento, el esclavo Fuscino agarró
por la nuca al joven tribuno desde atrás; su garra lo aprisionaba
como un collar de hierro. Fuscino empujó al suelo al joven
tribuno, que cayó de rodillas, y le introdujo el miembro por
el ano. El joven tribuno pedía ayuda a gritos como un loco,
se agitaba salvajemente y suplicaba el apoyo de todos los dioses.
Sin embargo, Fuscino le agarró los brazos y se los sujetó
con fuerza a la espalda. El romano no tenía ninguna posibilidad
de escapar de su torturador. Tenía la cabeza echada hacia adelante,
hundida en la tierra, sin posibilidad de moverse. Indefenso, se encontraba
a merced de las impetuosas embestidas del fuerte esclavo y lloraba
sin parar. No obstante, Fuscino no mostró emoción alguna:
no estaba abusando de ese joven tribuno, sino de la República
Romana a la que quería humillar. La decocción lo había
transformado en un animal salvaje. El oficial regresó jadeando
del bosque y sacó el 'gladius' con la intención de abalanzarse
sobre el esclavo, pero de nuevo cayó forzado de rodillas y
se frotó el sexo como un loco para librarse de aquella excitación
torturadora y dolorosa. Dicón estaba tumbado boca arriba, inmóvil,
echando espumarajos en la boca. Tenía los pantalones bajados
hasta las rodillas y entre las caderas se levantaba su pene erecto
como la vara de un centurión. Dicón estaba muerto. Sí,
yo estaba muy nervioso. Me encontraba con Wanda tras la roca del borde
del camino y esperaba. La nube de polvo que venía hacia nosotros
no podía significar nada bueno. Le pedí a Wanda que
me ayudara a subir a la roca y que me pasara luego el arco y las flechas.
Le pedí que atara los caballos. -¡Druuuiiiiida! Debía
ser Cuningunulo. Cabalgaba como llevado por alas y se acercaba a un
galope asfixiante. ¡Menuda escena! Cuningunulo estaba desnudo
y tenía el cuerpo rojo como si padeciera una erupción
cutánea exótica. Hizo una maniobra tosca y brusca, y
saltó del caballo. Se me acercó tambaleante mientras
se frotaba el sexo sin parar. -Druida, ¿dónde está
tu esclava? Separé apenas el pulgar y el índice de la
mano derecha. La cuerda se destensó y la flecha salió
disparada por el aire, atravesando el pecho de Cuningunulo sólo
un par de dedos por debajo de la torques. Ni siquiera gritó.
Sorprendido, agarró con las dos manos la flecha que le salía
del cuerpo y luego alzó la vista. Vio mi escondite. Me miró
fijamente a los ojos y tuvo tiempo de ver cómo se disparaba
una segunda flecha y le atravesaba la mano izquierda, con la que sujetaba
la primera flecha, para clavarse hondo en el pecho del eduo.
Continuara ...