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Inocencio necesita hacer el amor; pero no tiene medios económicos. ( No apto para estómagos sensibles )
Inocencio Carpanta, pobre de solemnidad, estaba más caliente que un ajo. Los callos de sus manos daban fidedigna cuenta de su vicio solitario ; pero él no se conformaba ya con hacer luchar a los cinco contra el calvo : quería meterla en caliente. Lo malo, es que su situación económica no daba para mucho. En realidad, no daba para nada, no siquiera para mal comer, mal vestir y mal vivir. Pero, ser virgen a los treinta y cinco tacos ya era mucha virginidad, inclusive para él, acostumbrado a carecer de lo más elemental desde su más tierna infancia. Bueno, su infancia no llegó a ser ni tierna. Dejémoslo en infancia, a secas. Se crió en el arroyo; pero no en un arroyo de aguas cristalinas y puras, de esos que bajan triscando de roca en roca desde las altas montañas. No, nada de eso . De recién parido ya lo tenían dentro de un cajón ( que había sido de pescado seco ) junto a las pestilentes aguas de una cloaca. Si los vecinos del barrio meaban más de la cuenta, o tiraban de la cadena todos a la vez, subía peligrosamente el nivel del arroyuelo, y su madre – más de una vez – había repescado el fétido cajón, con su carga de niño dentro, cuando ya navegaba como un nuevo Moisés por el Nilo Marrón . Su mamá, que tenía muchos pájaros en la cabeza, decía que ella era de rancio abolengo, porque se dedicaba al oficio más antigüo del mundo. El, no entendía de esas cosas. Durante mucho tiempo, con los ojos cerrados, no sabía distinguir si estaba en los brazos de su madre o dentro de su primorosa cuna ( por lo del perfume ) . Cuando fue más mayorcito, se quiso dedicar al mismo oficio que los maridos de su madre ( proxeneta ). Pero , por desgracia, el físico no le ayudaba mucho, y se tuvo que dedicar – durante su loca juventud – a chapero pasivo para ciegos ( los videntes no querían ni verlo ). Al final, le salieron unas hemorroides dolorosísimas, y tuvo que dejar el negocio. Malvivió de las últimas ganancias que pudo conseguir su madre como maestra fellatrix ( se pusieron de moda las mamadas con encía de vieja ); pero , a la que iban a sacar el vientre de penas, falleció la interfecta de un atragantamiento lácteo. Otra vez en el arroyo. Se puso una joroba rellena de trapos viejos y se tapó un ojo con un parche negro, dejando que le cayese la baba por una comisura de los labios ( para esto último no tuvo que esforzarse mucho ). Le realquilaron una esquina para mendigar, y , con eso podía comer un día no y otro tampoco. Pero él era más sufrido que Job y , como no había conocido otra vida mejor, la que le tocaba vivir le parecía asquerosa. Lo más emocionante de su vida , hasta ese momento, fue un detallazo que tuvo una antigüa compañera de correrías y guarrerías de su madre. Era el día de su veinticinco cumpleaños. El, pobre infeliz, lo había dicho a diestro y siniestro, desde dos meses antes, para ver si algún conocido se descolgaba con algún regalo. Solo le faltó poner pasquines con su foto y la fecha del cumpleaños. No pudo hacerlo porque el fotógrafo se negó en redondo a martirizar de aquella forma su cámara. Llegó el día señalado. Durante toda la mañana estuvo con el corazón en un hilo, pensando en que le iban a dar una fiesta sorpresa. La sorpresa se la llevó él, pues el único que se le acercó era uno a quién le había pegado un sablazo dos años antes y , harto de que no le pagase, lo tundió a palos en su misma casa, o sea, en la calle. Pero Dios aprieta, pero no ahoga. Le mandaron un recado de parte de Lenguasucia la Pulseras, íntima de su madre desde que se montaron un trio con una mofeta macho, mientras el cliente se masturbaba con guantes de cabritilla. La cita era en un Cine del barrio, última fila, según se escupe a mano derecha. Se coló cuando no miraba el portero y entró, sigiloso y emocionadísimo. La Pulseras lo esperaba, esparrancada y desbordando el asiento con sus 130 Kgs. Lo miró entrecerrando sus ojos legañosos y sin pestañas, sacándole un palmo de lengua de color semen reseco y agitándola de derecha a izquierda, queriendo ser provocativa. Luego resultó que tal recibimiento no era para él, sino para otro cliente de mayor nivel, que no se había presentado. Total, que Inocencio se sentó ( como pudo ) junto a ella, entregándole la nota . La mujerucha la leyó casi limpiándose las legañas con ella ( era muy corta de vista ) y le dijo que esperara que apagasen las luces. Comenzó la película : era Sonrisas y Lágrimas ( siempre lo recordaría Inocencio ). Aún estaba la monja correteando por el prado de las montañas, y ya estaba la Pulseras escarbando la bragueta de Inocencio. Como no podía ver la película, por su escasa vista, la mujer se entretenía haciendo pompas de chicle, mientras manejaba el pirindolo de Inocencio como si estuviese cambiando de marchas en un coche. Corría la monja hacia el convento y se corría Inocencio en la mano de la pajillera, todo a una. La sebosa se limpió en el pantalón del indigente el cuajarón de semen, y lo largó tras pedirle su tarifa. Extrañóse el muchacho, porque consideraba la paja regalada. Explicóle la pomposa que, el regalo, consistía en aceptar meneársela, porque ninguna más quería pasar por semejante trago. Lloró Inocencio, dos filas más abajo, cruzando la mirada con un viejo bujarrón que lloraba también a moco tendido. Las sensibilidades no se pueden ocultar. De eso hacía ya diez años. Inocencio se juró y se perjuró que nunca más le volvería a pasar lo mismo. Se pasó ahorrando esos diez años y , una semana antes del treinta y cinco cumpleaños, miró los anuncios de una revista de sexo que repescó flotando en el arroyo de su infancia. Brincó de alegría al leer en un pequeño recuadro : "Gran Oferta. Sexo Barato. Tenemos la mujer que usted quiera. Sin límite de precio por arriba o por abajo. Nos ajustamos a su bolsillo ". Y, allá fue en el día de su cumpleaños, con un saco de monedas que había conseguido mendigando y descerrajando cabinas de teléfono. El portal del negocio no era muy llamativo. Para más exactitud : solamente estaba el anuncio de un callista. Inocencio comprobó las señas en el papel en el que las había anotado. Sí, era allí. Entró y, en un principio quedó desorientado : lo atendió un viejales, de calva brillante y una bata que quería ser blanca. Cuando Inocencio dijo entre susurros a lo que iba, el viejo sonrió con su boca desdentada y lo hizo pasar tras una cortina de cierto pelo marrón. En la trastienda, cambiaba la decoración. Un pequeño vestíbulo, decorado horrosamente, y un minúsculo mostrador tras el que esperaba una "madame" que había conocido tiempos mejores. Cuando terminaron de contar el saco de monedas, la mujer sacó una calculadora digital, hizo sus cuentas y miró un cuadernito en el que habían anotado varios nombres. Tuvo que mirar en la última hoja, al final del todo, para encontrar algo que se acomodase al presupuesto del nuevo cliente. Seguidamente, informó a Inocencio : "Tenemos lo que busca. Y por el precio justo . Solo le quiero hacer una advertencia : nuestra profesional es algo rara. Tiene un genio muy cambiante : igual charla por los codos, que permanece muda e inmutable, prácticamente como un vegetal. Usted no le haga caso : satisfaga su deseo por el precio acordado y ¡ aire ¡ . Suba al último piso, a la última puerta al fondo del pasillo. Estará bastante oscuro." Inocencio subió los escalones de dos en dos , y de tres en tres. No llegó a subir de cuatro en cuatro, porque ya había llegado. Corrió por el pasillo, tocó cortésmente a la puerta : nada, ni flores. Entró desabrochándose la bragueta, empalmado ya desde hacía quince años . En el cuartucho se vislumbraba una cama y , encima, un cuerpo blanco, despatarrado. Un negro mechón oscurecía la entrepierna. La mujer no chistó. Inocencio se desnudó de cintura para abajo, dudando en quitarse los mugrientos calcetines. No pudo esperar y se lanzó al ataque . La metió, la sacó, la volvió a meter … y se corrió. La puta seguía sin piular, mirando al techo fijamente. Un pensamiento le cruzó fugazmente al hombre : ¿ Y si repetía ¿ Estaría incluido en el precio ¿. Se jugó el todo por el todo y , más tranquilo, siguió con el folleteo. Una vez y otra, y otra. Ella no se inmutó. Cuando se levantó, a él le temblaban un poco las piernas. Se vistió y , antes de abandonar la habitación, se atrevió a mandarle a ella un beso al aire. La meretriz, grosera, no le dijo ni "mu" . Bajó Inocencio trastabilleando por las escaleras, vacío de su cargamento seminal, esperando que la prostituta no se hubiese comunicado con la "madame" con algún interfono interior. La mujer seguía con sus cuentas, que no le cuadraban. Inocencio musitó un "Buenas tardes " sin esperar contestación. Por eso, dio un respingo cuando la mujer le dijo : ¿ Cómo ha ido la cosa ¿. ¿ Quedó satisfecho el señor ¿. Sí, sí, - dijo él – solo que … Dígame, dígame. Pues … que cuando terminé ( no dijo después de cuantas veces ), le salía a la chica como una especie de espuma blanca por la boca. No se preocupe. Es lo normal en ella. De acuerdo pues. Hata la próxima. En cuanto salió Inocencio, la "madam" llamó al vejete y le dijo : Ramiro . Vacía a la muerta, que ya está llena.



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